El temor como fundamento en la coacción pedagógica

25 de julio de 2012

La fórmula del poder de Dios no es un misterio. El maestro de maestros apela  a la misma fórmula que utilizan los malos padres y docentes: El temor. La misma estrategia que utilizan sacerdotes, pastores y profetas. “O crees o serás condenado”.

El temor es   la emoción más dañina en un proceso de formación.  Quien tiene temor es obediente y disciplinado, pero no es más que un autómata resignado que cuando crezca será un autómata resentido.

Tristemente esta emoción es la que más rápidamente desarrollan todas las religiones en sus seguidores, porque este es el lazo que atará de por vida al creyente a su culto. No es raro escuchar a los  pastores cristianos  amenazar  abiertamente a sus fieles   que por los pecados más inocuos se condenarán al infierno. Algo muy parecido pasa con el catolicismo; tanto es así que el temor de Dios es uno de los dones del espíritu santo. Muchos de nuestros niños se saben de memoria estos dones porque se los inyectan en el catequismo o en la clase de religión  pero pocos pueden interpretarlo con inteligencia. ¿Debo temer a Dios, un ser de luz lleno de virtudes y de bondad omnipotente? ¿Acaso para eso del temor no estaba el demonio?

¿No me basta  con torturar sicológicamente a mis hijos con Satán  y su infierno  para ahora también ponerlos a temblar  ante la presencia de su propio padre?

Al temor hay que desterrarlo de nuestros hogares.  Una buena educación  ajena a los designios divinos debería formar seres felices, autónomos y críticos y el temor no permite  nada de eso. Tan simple como que un niño temeroso no es un niño feliz ni tendrá la autonomía ni la fortaleza de dudar. Porque el que duda es castigado. Primero por los padres, luego en la escuela y cuando muera en el cielo.

¿Que vida le espera a aquel que teme? Pues nada menos que una cotidianidad paranoica y ansiosa en donde la oposición y el libre pensamiento están prohibidos. Quien duda debe temer, quien confía ciegamente  será salvado.

En los púlpitos el asunto es simple porque el sacerdote  echa su sermón y se va a su sacristía; pero en el hogar las cosas son a otro precio, porque  el discurso de la iglesia contradice la cotidianidad del niño y las enseñanzas del hogar: En este mundo hostil no puedes cerrar los ojos y creer porque te  acaban. Este mundo requiere de ciudadanos despiertos, críticos y de audacia feroz; las ovejas ingenuas que dan limosna  y esperan por un milagro solo sirven al interior de la iglesia.

En un principio los niños son tan inteligentes que  comprenden estas contradicciones, por eso las preguntas sobre Dios, por eso sus especulaciones religiosas; pero este sentido crítico que parece que se desarrollara naturalmente pronto recibe un latigazo  que castiga la pregunta y bendice el temor.  Entonces el niño aprende a callar. Sus preguntas se van haciendo menos frecuentes y su amor a Dios cada vez más grande. Pronto el niño recibe el golpe fatal cuando se da cuenta que su entorno es católico y que si no asume su rol como tal, simplemente no existe como ser social.

En la escuela el niño refuerza su concepto del temor. Para él, está bien sentir temor porque es lo que lo impulsa a cumplir con sus obligaciones, a seguir hábitos de estudio y  a ser buen estudiante. Los docentes en muchos casos, y valga decir que era mucho peor antes que ahora; ayudan  a fomentar aún más el temor cuando amenazan abiertamente a sus estudiantes para que realicen una serie de tareas so pena de  hacer cumplir un reglamento pensado para que el estudiantado permanezca sumiso.  Poco a poco el niño se adapta y se suma a los millones de ovejas del mundo. Se suma a eso que los medios llaman masa.

Anuncios