Crónica de una utopía: II entrega

26 de enero de 2013

Los seguidores de los buenos ateos ascendían a 100.000 corazones inconformes que tomaban parte en la causa atea y se manifestaban no tan pacíficamente como las autoridades y como sus mismos fundadores hubieran querido.
El 2 de septiembre de 2012, por iniciativa de Hija de Lot, miles de personas descargaron, imprimieron y enviaron una sarcástica misiva a la casa del arzobispo de Bogotá, presidente de la conferencia episcopal. Sabe Dios cómo consiguieron la dirección de su casa de descanso a las afueras de la ciudad, pero hasta allí llegaron más de 12.000 copias de la misma carta en un lapso de tres semanas. Era hermoso para Gabriel sentarse a pocos metros de allí a observar cómo cada cierto tiempo llegaba un ateo prevenido a dejar su carta y salir corriendo como si se tratara de un delito. O ver al mensajero que desocupaba un morral inmenso con cartas para el arzobispo y que miraba al cielo como maldiciendo la hora en la que a los creyentes les dio por escribir cartas. Pero no eran creyentes, éramos ateos.

Otras tantas miles de cartas llegaron por correo electrónico, aunque la instrucción era imprimirla y enviarla por correo certificado. Luego el alcalde de Bogotá diría de esta manifestación haber sido la más sublime forma de protesta contra los abusos milenarios de la iglesia y que lo único reprochable de este acto era la cantidad de papel que se había gastado.
-Esperemos que el arzobispo recicle – gritó jubiloso Gabriel.

Y fuimos felices. Cada ateo que imprimió, firmó y envió la carta, sintió que realmente su voz valía, que podía ser escuchado, no apelando a la fuerza que impuso la iglesia en su historia genocida, sino con la palabra; irónicamente como lo profesaba Jesús, si es que acaso existió.

Para la noche de año nuevo de ese año, Bogotá y Colombia ya tenían un largo listado de actos vandálicos contra la iglesia católica y otras muchas sectas protestantes. La primera acción mediática sucedió cuando la estatua de la Virgen del Carmen, patrona de los conductores, que adorna con su rostro angustiado la entrada de una empresa de transportes en Medellín, amaneció un buen día vestida con ropa interior sobrepuesta y la cabeza chorreada de semen humano.
Por esos mismos días una misa de la Parroquia de San Pablo, en Manizales, no pudo efectuarse el sacramento de la comunión porque minutos antes del inicio de la liturgia, ladrones condenados a las hogueras del infierno desaparecieron todas las hostias del altar y de la sacristía.

Pero tal vez el más célebre atentado contra la moral cristiana, del que todavía hoy se habla, se originó cuando se difundió por la red un video erótico que un estúpido obispo definió como un montaje, en el que se veía a una sexy Virgen María procreando al mesías con un ángel de abdomen definido y alas de plástico. José entró en escena descubriendo a la adúltera, pero en vez de lapidarla, como ordena la biblia, participó en una santa orgía que, como toda historia de amor posmoderno, terminó con salpicaduras de semen en la cara de la actriz.

Mientras el escándalo era comentado en las redes sociales, las agresiones ateas continuaban: Miembros de la comunidad gay que habían abucheado al cardenal Mogollón en el aeropuerto de Cali, se disfrazaron de párrocos de la iglesia católica y en frente de una comunidad de creyentes que se preparaba para una misa al aire libre, se besaron y acariciaron hasta la erección. Era bello ver las sotanas infladas en las fotos que rápidamente se filtraron por los medios de comunicación. Tanto fue el fervor de sus sanas manifestaciones amorosas que no alcanzaron a escapar de la turba enfurecida que casi los mata a patadas. Las ovejitas pacíficas estuvieron a punto de lincharlos de no haber sido por la milagrosa intercesión del espíritu santo que disparó una ráfaga de balas de goma contra el rebaño. Por los mismos días en un colegio católico de Pereira, encerrado por paredes con murales de santos de la iglesia, algún buen artista ateo dibujó unos niños desnudos aterrados por la inminente perversión de San Judas Tadeo, que se agarraba los testículos. Las fotos circularon por todos los diarios de Colombia.

La sociedad se estaba rebelando contra los vejámenes de Dios. Los ataques inmisericordes llegaron a su apogeo en la celebración de los 30 años de ordenado de un influyente monseñor bogotano. En aquella ceremonia sirvieron un banquete que incluía tres clases de carnes servidas con una deliciosa salsa de champiñones descompuestos. 46 sacerdotes fueron intoxicados. No hubo oración ni indulgencia que valiera contra la mierda que se desparramaba por sus venerables anos.

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