¿POR QUÉ LE PASAN COSAS BUENAS A LA GENTE MALA?

22 de julio de 2012

A propósito del bestseller “¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena” del colombiano Iván Gutiérrez Rodríguez, publicamos esta entrada que responde el interrogante inverso. ¿Por qué le pasan cosas buenas a la gente mala?

En primera instancia habría que empezar por identificar qué es eso que llamamos gente buena y gente mala: La iglesia, la escuela y los medios de comunicación  retratan  con cierta similitud lo que la sociedad debe entender como bueno y como malo.

Aquel cuyo comportamiento obedece a los mandamientos de Dios  y a su vez se adapta a los estereotipos de bondad en la sociedad sin duda es una muy buena persona. Y en complemento aquel que se revela contra  sus valores enfrentándose a lo establecido y a lo que llaman natural  suele ser denominada con ligereza una mala persona. En estos términos tenemos que para una sociedad como la colombiana:  patriarcal, conservadora y rezandera,    una mala persona podría ser, por ejemplo, quien ama su cuerpo sobre todas las cosas o  quien, contra toda norma natural, se enamora de una persona de su mismo sexo o en fin, quien   se enfrenta al estatus quo… Y a estas personas, según lo que hemos aprendido, tarde o temprano les llega su rendición de cuentas en esta vida o en la otra. Y que se atengan, porque la ira del Señor los castigará con todo el peso de la justicia divina.

Sin embargo vemos que en la práctica  los buenos pueden morir jóvenes  y los corruptos se pensionan. ¿Y a qué se debe esto? Obviando la respuesta irresponsable de que quien muere joven  tiene proyectos divinos cuyos misterios son insondables para los mortales y que los que mueren de viejos solo están aplazando el castigo eterno, nos atrevemos a formular otro tipo de respuesta más simple y aterrizada.

La vida, la muerte y el castigo son conceptos  humanos que las religiones han idealizado pero que, en realidad,  no son más que procesos naturales inherentes a cualquier ser vivo.

No llegamos al mundo  por un designio divino  sino muy al contrario, por la más básica manifestación instintiva. No nos pasan cosas malas por cuestiones de karmas insubsanables o por las moiras que nos rijan, sino porque como seres vivos estamos predispuestos a la muerte y al dolor.  Si fueran designios divinos  aquellos males que nos aquejan bien podríamos decir que además de ser un pésimo pedagogo, Dios es infinitamente cruel y caprichoso: Solo así podríamos explicar que un asesino nazi  haya escapado de su castigo por más de 60 años  o que una niña caiga de un piso 18, sobreviva al golpe  en lo que los medios se atrevieron a llamar milagro y a los pocos días muera en lo que jamás juzgarán como crueldad divina.

Los milagros  no son más que probabilidades estadísticas que eventualmente se  pueden presentar bajo ciertas circunstancias. Si te salvas de un accidente de avión es porque es probable que eso pase. Si el médico te dio por muerto y dos minutos después vuelves a la vida es porque hay una mínima probabilidad  en la medicina de que eso ocurra.  Lo mismo pasa  a la inversa: Puedes perder la vida en una visita al odontólogo o  morirte al comer una uva así millones de personas coman uvas al día y vayan al odontólogo con frecuencia sin que les pase nada. La diferencia entre unos casos y otros es que los primeros son pomposos milagros de Dios, cuyas manifestaciones misteriosas son insondables  mientras que los segundos son crueles y  desafortunados errores humanos.

El bien y el mal son inmanentes al ser humano y resulta sumamente reduccionista dividir al mundo  entre buenos y malos, más en un país como Colombia en donde los buenos no son tan buenos y los malos  tampoco lo son tanto.

Hijas de Lot.

 

 

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Amar sin ser amado. El problema de quinceañeras y creyentes

30 de junio de 2012

En promedio, cada día mueren en el mundo 30.000 personas por falta de alimento. De este número el 75% son niños menores de diez años cuyas familias viven en la extrema pobreza. En Colombia, cada año son violadas más de 240.000 mujeres, la mayoría de ellas menores de edad. Así mismo nuestro país tiene una de las tasas más altas de muertes violentas en el mundo: 48 personas por día…
¿Cuántas víctimas de las mencionadas anteriormente murieron elevando plegarias al cielo en espera de un milagro que nunca llegó?
¿Cuánto llanto estamos dispuestos a soportar mientras nos tapamos los ojos y le pedimos a Dios un mundo mejor?
Habría que ser muy ingenuo o muy ególatra para creer que pese a que Dios no mueve ni uno de sus sagrados dedos a favor de las miles de mujeres que en este momento están siendo violadas en el mundo, sí va a usar su poder para que nuestro equipo de fútbol se corone campeón o para que nos vaya bien en un examen. Esas supuestas manifestaciones divinas no son más que probabilidades estadísticas, producto de nuestro propio esfuerzo o una combinación de los dos.
La verdad es que Dios no intercede para evitar un accidente casero ni para salvar a los tripulantes de un avión que cae en el Atlántico. Dios es como un narrador omnisciente, todo lo sabe y todo lo ve pero jamás intercede en el cuento. Y esto puede deberse únicamente a tres razones: La primera, a que es un inepto al que le quedó grande su trabajo; la segunda, a que es un soberano hijueputa que disfruta con las penas sean pequeñas o gigantescas de sus hijos; y la tercera, la más lógica, es que no intercede en nuestro destino simplemente porque no existe.
Suponiendo que sí existe ¿Cómo podemos explicar su extraña forma de actuar? ¿debemos limitarnos a contemplar un mundo en decadencia y a concluir que simplemente no podemos comprender la grandeza de Dios?
La iglesia posee todas las respuestas al respecto. Algunas bastante ridículas y otras un poco mejor estructuradas; unas impuestas en procesos sangrientos de evangelización, otras transmitidas usando parábolas moralizantes… Lo cierto es que para los escépticos, sigue siendo un misterio el modus operandi de Dios, que crea el pecado y crea su redención. Que nos dota de inteligencia pero nos prohíbe usarla en su contra; que nos ama inconmensurablemente pero nos castiga con crueldad. ¡Oh Dios voyerista que te complaces con el sufrimiento de tus hijos bastardos; indiferente al amor que te profesamos los mortales!