Crónica de una utopía: III entrega


III

Todo empezó con la primera quema de biblias, que se produjo  el  3 de abril de 2012 en el campus de la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional. Allí llegaron tres estudiantes encapuchados pregonando  diatribas incendiarias contra la religión y en particular contra la iglesia católica. Acto seguido, sacaron de sus morrales  biblias de diferentes tamaños y precios. Algunas  corroídas por los años, otras aunque viejas, en perfecto estado,  y les prendieron fuego mientras lanzaban arengas  contra las incongruencias de la fe, contra la jerarquía de la iglesia en el estado colombiano y contra los creyentes que decían ser fieles a sus principios morales pero nunca movían un dedo por su prójimo.

Profesores y alumnos desprevenidos fueron conglomerándose alrededor de la hoguera que ardía como si  la misma inquisición la hubiera  propiciado. Fueron muy pocos los que se vieron ofendidos por este acto de heroico vandalismo; muy al contrario, la gran mayoría de los presentes, acostumbrados  a ideologías de izquierda,    aplaudieron la iniciativa, grabaron videos y despidieron a los encapuchados asintiendo por su noble causa.

-No recen por los desprotegidos, protéjanlos y callen-. Gritó uno de los voceros incendiarios, al parecer su líder.

-Los buenos ateos cada día seremos más-. Pregonó  otro  de los encapuchados antes de la retirada. Sus breves palabras sonaron muy preparadas, pero calaron en los asistentes.

Más allá de  discutir sobre la no existencia de Dios, este grupo de jóvenes buscaba sembrar una semilla iconoclasta en los corazones de los buenos ciudadanos. Y el primer paso ya se había dado. Al menos un pequeño grupo de gente supo de su existencia y el rumor de la revolución atea pronto se  explayaría por los pasillos de la universidad. Obviamente los buenos ateos, como  se hicieron llamar; encontrarían eco en una universidad pública en donde se primaba el libre pensamiento; lo difícil sería salir del alma mater y empezar a hacerse sentir en el resto de la ciudad.

Llevaban entre dos y tres años en la Universidad Nacional estudiando diferentes carreras humanísticas y habían consolidado un grupo de estudio sobre ateología, neologismo con un significado que solo ellos comprendían, pero que abarcaba lecturas científicas, literarias, históricas y apócrifas sobre Dios y sus fábulas de sangre. El grupo se había fundado en a finales de 2011 y  en su haber ya consolidaba un buen número de lecturas  que la iglesia  condenaba. Habían leído a Diderot, Marx, Unamuno, Spinoza,  Voltaire,  Nietzsche,  Sartre, Sábato, Camus, Saramago, Hitchens, Dawkins, Hawking  y a muchos otros cuyos nombres olvido en este momento, pero sobre todo habían leído el libro más importante para le revelación del innombrable  engaño  que resulta ser Dios y sus incontables sectas cristianas: La biblia.

Con esta cantidad considerable de información habían  consolidado un discurso recio contra la existencia de Dios con el que ya habían  destrozado los ingenuos argumentos de los más fervientes seguidores de Cristo en las redes sociales. Sin embargo su misión  parecía utópica, porque en lo buenos corazones de los seguidores de Cristo no había espacio para las evidencias científicas ni para las verdades relativas.

Los encapuchados ya habían abierto una cuenta en twitter  en donde se despachaban en contra  de los creyentes, fueran ortodoxos, católicos o cristianos, invitando  a los ateos del mundo  a unirse a su causa y a visibilizarse en una sociedad que  se define como homogénea. Pese a tener en su haber más de 700 seguidores,  los buenos ateos  no habían logrado  más que expresar la ira contra la iglesia con frases no siempre ingeniosas que no sobrepasaran los  140 caracteres.

Se pensaría que la rebeldía propia de la juventud y el ambiente intelectual que los rodeaba, serían suficientes para pasar de los tweets a la acción, pero no sería hasta el mes de marzo del año de la primera quema de biblias en que recibirían el carácter y la fuerza necesaria para tomarse las vías de hecho de la mano de la puta de Babilonia de Fernando Vallejo. Como una buena puta, esta obra fue consumida con voracidad por estos buenos ateos hasta el orgasmo en una orgía de tres horas. Emulando a los nadaístas e inspirado por el tono rencoroso de Vallejo, Álvaro,  el líder del grupo,  propuso una quema de biblias en el campus de la universidad.

Así se hizo.  La mañana del 3 de abril llevaron en sus morrales  ropas holgadas,  zapatos viejos y pasamontañas. La ansiedad del evento produjo una fuerte diarrea en Gabriel, que hizo que la manifestación no pudiera durar más que unos pocos minutos, pero la misión estaba cumplida. Era el primer paso hacia la utopía, el primer eslabón de una cadena que se acrecentaría con cada manifestación, con cada tweet, con cada panfleto.

-Estamos haciendo historia- Dijo Gabriel mientras cagaba.

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