ENTREVISTAS INÉDITAS SOBRE UN SUICIDIO ASISTIDO


Estas son las primeras páginas de nuestra nueva novela corta sobre el célebre caso de la muerte de dos sacerdotes. Lo que en principio parecía ser un crimen execrable, resultó ser un pacto de amor homosexual.

PRÓLOGO
Cuando por disposiciones de mi antiguo jefe tuve que cubrir la noticia de la muerte de dos hombres en una calle bogotana, pensé que ese evento me daría por mucho para un par de cuartillas. Trabajaba entonces como reportero de un periódico conocido en las calles populares de Bogotá por su alto contenido sexual y violento; yo era uno de los encargados de la sección de crónicas rojas. Acostumbrado a los levantamientos de cadáveres chorreantes de sangre y al espectáculo que hay que promocionar en el medio, llegué al lugar de los hechos la noche del 21 de enero de 2011 sobre las 11:30 pm y me encontré con una escena que pese a lo espeluznante, no causo en mí mayor sorpresa. En un carro Chevrolet Aveo de color azul se encontraban dos cadáveres frescos: El conductor, de unos 35 años tenía un hueco en la sien que había causado su muerte certera. El copiloto había sido impactado en el rostro. El balazo fulminante atravesó su cabeza desde el pómulo derecho hasta el parietal izquierdo y fue a estrellarse, ya sin fuerza dañina, en la puerta trasera izquierda. Su rostro desfigurado no me permitió describirlo con elocuencia, no sin apelar a la sangre morbosa que aquí trataré de omitir.
Según las primeras pesquisas del CTI se trató de un robo ya que los cuerpos no tenían celulares ni dinero: Las inspecciones preliminares indicaban que seguramente los fallecidos habían sido víctimas de un paseo millonario, modalidad de robo en el que los delincuentes obligan a sus víctimas a retirar el dinero de sus cuentas bancarias por medio de la red de cajeros de la ciudad. Lo cierto es que sin mayores evidencias, las hipótesis eran muchas. Una de ellas me causó especial curiosidad, por obvia y turbia. Uno de los forenses, el más joven, me dibujó en la escena del crimen las trayectorias de los proyectiles homicidas y la disposición de los cuerpos. Evidentemente, suponía él, no pudo haberse tratado de un robo que terminó en tragedia sino de un concienzudo asesinato. Cuando me detuve a ver más allá de la sangre espectacular cuyas fotos saldrían en primera página, las pistas saltaron a la vista: Una camándula en las rodillas del conductor, el carro bien parqueado y con luces apagadas, las puertas abiertas y sin forzar…
Escuché un par de versiones más de los parsimoniosos investigadores y con el material compuse un escueto reportaje de 1000 palabras que pocos leyeron.
Esa noche cubrí la muerte de estas dos personas con la certeza de que su caso ni siquiera aparecería en otros medios de mayor circulación. Así pasa siempre. Cientos de muertos anónimos contaminan cada noche con su hedor la ciudad de Bogotá, pero no son noticia tal vez porque su muerte no es lo suficientemente excéntrica o porque en vida sus acciones no fueron demasiado circenses para los grandes medios de comunicación. Sin embargo este no era el caso de los dos muertos recientes. A ellos les esperaba un célebre paso al infierno.
Este es el resultado de una investigación coja que empezó siendo rutinaria y que de a poco fue robándome tiempo y voluntad hasta convertirse en el trabajo que cambiaría mi vida. En las páginas que siguen se citan los testimonios de un buen número de personas que me permitieron esbozar los antecedentes de la tragedia de los célebres sacerdotes cuyo amor fue más fuerte que las leyes de Dios.
***

Si deseas seguir leyendo esta historia, te invitamos a descargar nuestro libro De amores y blasfemias que incluye “Crónica de una utopía”, “Entrevistas inéditas sobre un suicidio asistido” “Historia de amor”, y cinco narraciones más.
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Gracias por tu lectura.

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