Historia de amor


HISTORIA DE AMOR

Aunque reconozco que ya hacía muchas lunas que no me entregaba a alguien, debo admitir también que las aventuras en mi vida han sido recurrentes. He conocido un buen número de hombres, todos ajenos. No merezco tener uno solo para mí porque puedo indigestarme. Prefiero consumirlos por un rato, escojo disfrutar de esa primera erección magnífica y detenerme, que convivir con un pene endeble. Me he enamorado de muchos, pero mi cariño eyacula y pierde firmeza muy pronto. Mi primer amor fue Miguel, y hoy, después de muchos años, vuelvo a él.
Lo conocí en el colegio, cuando apenas yo tenía quince años. Él era el nuevo profesor de literatura. Su carisma y su belleza impactaron de inmediato en todo el estudiantado y a los pocos días se convirtió en nuestro profesor favorito. No había una alumna en el liceo que no se sintiera atraída por él, y él a todas parecía corresponder con su desbordada gentileza. Esta condición de adonis extrañamente no causó en los varones ninguna clase de envidia, muy al contrario todos lo querían emular. Sus clases eran distintas. Nada de teoría de mierda, como la llamaba. Poesía. Brujería. Hechicemos al mundo con poesía para anestesiar su ignorancia. Iconoclasta. Encantador. Su actitud rebelde era una antítesis desbordada de la filosofía salesiana que me habían inculcado durante años y de los preceptos religiosos que él mismo había sufrido en el Seminario. Por eso me enamoré.
Se abre la puerta. Ahí está él. El pelo por la cara y la camisa por fuera. Su barba, siempre incipiente, se aclaró con los años. Su cuerpo ha ganado peso, pero su belleza es abrumadora. Me besa. Comienzo a disipar los temores que me inquietaban en las escaleras, pero tiemblo como si jamás me hubieran besado. Me toma la mano y la posa en su barba. Desordenada y fascinante. El beso se prolonga. Su lengua juguetea. Mi respiración se agita al punto en que debo detenerme. Descanso de sus labios. Respiro. Vuelvo en mí.
Un buen vino me devuelve la tranquilidad. Han pasado ya diez minutos de charla anodina y solo deseo ser penetrado. Entonces me desnuda con parsimonia hasta encontrarse con ese miembro infantil del pasado. Y lo devora amorosamente.

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