Crónica de una utopía: III entrega

28 de enero de 2013

III

Todo empezó con la primera quema de biblias, que se produjo  el  3 de abril de 2012 en el campus de la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional. Allí llegaron tres estudiantes encapuchados pregonando  diatribas incendiarias contra la religión y en particular contra la iglesia católica. Acto seguido, sacaron de sus morrales  biblias de diferentes tamaños y precios. Algunas  corroídas por los años, otras aunque viejas, en perfecto estado,  y les prendieron fuego mientras lanzaban arengas  contra las incongruencias de la fe, contra la jerarquía de la iglesia en el estado colombiano y contra los creyentes que decían ser fieles a sus principios morales pero nunca movían un dedo por su prójimo.

Profesores y alumnos desprevenidos fueron conglomerándose alrededor de la hoguera que ardía como si  la misma inquisición la hubiera  propiciado. Fueron muy pocos los que se vieron ofendidos por este acto de heroico vandalismo; muy al contrario, la gran mayoría de los presentes, acostumbrados  a ideologías de izquierda,    aplaudieron la iniciativa, grabaron videos y despidieron a los encapuchados asintiendo por su noble causa.

-No recen por los desprotegidos, protéjanlos y callen-. Gritó uno de los voceros incendiarios, al parecer su líder.

-Los buenos ateos cada día seremos más-. Pregonó  otro  de los encapuchados antes de la retirada. Sus breves palabras sonaron muy preparadas, pero calaron en los asistentes.

Más allá de  discutir sobre la no existencia de Dios, este grupo de jóvenes buscaba sembrar una semilla iconoclasta en los corazones de los buenos ciudadanos. Y el primer paso ya se había dado. Al menos un pequeño grupo de gente supo de su existencia y el rumor de la revolución atea pronto se  explayaría por los pasillos de la universidad. Obviamente los buenos ateos, como  se hicieron llamar; encontrarían eco en una universidad pública en donde se primaba el libre pensamiento; lo difícil sería salir del alma mater y empezar a hacerse sentir en el resto de la ciudad.

Llevaban entre dos y tres años en la Universidad Nacional estudiando diferentes carreras humanísticas y habían consolidado un grupo de estudio sobre ateología, neologismo con un significado que solo ellos comprendían, pero que abarcaba lecturas científicas, literarias, históricas y apócrifas sobre Dios y sus fábulas de sangre. El grupo se había fundado en a finales de 2011 y  en su haber ya consolidaba un buen número de lecturas  que la iglesia  condenaba. Habían leído a Diderot, Marx, Unamuno, Spinoza,  Voltaire,  Nietzsche,  Sartre, Sábato, Camus, Saramago, Hitchens, Dawkins, Hawking  y a muchos otros cuyos nombres olvido en este momento, pero sobre todo habían leído el libro más importante para le revelación del innombrable  engaño  que resulta ser Dios y sus incontables sectas cristianas: La biblia.

Con esta cantidad considerable de información habían  consolidado un discurso recio contra la existencia de Dios con el que ya habían  destrozado los ingenuos argumentos de los más fervientes seguidores de Cristo en las redes sociales. Sin embargo su misión  parecía utópica, porque en lo buenos corazones de los seguidores de Cristo no había espacio para las evidencias científicas ni para las verdades relativas.

Los encapuchados ya habían abierto una cuenta en twitter  en donde se despachaban en contra  de los creyentes, fueran ortodoxos, católicos o cristianos, invitando  a los ateos del mundo  a unirse a su causa y a visibilizarse en una sociedad que  se define como homogénea. Pese a tener en su haber más de 700 seguidores,  los buenos ateos  no habían logrado  más que expresar la ira contra la iglesia con frases no siempre ingeniosas que no sobrepasaran los  140 caracteres.

Se pensaría que la rebeldía propia de la juventud y el ambiente intelectual que los rodeaba, serían suficientes para pasar de los tweets a la acción, pero no sería hasta el mes de marzo del año de la primera quema de biblias en que recibirían el carácter y la fuerza necesaria para tomarse las vías de hecho de la mano de la puta de Babilonia de Fernando Vallejo. Como una buena puta, esta obra fue consumida con voracidad por estos buenos ateos hasta el orgasmo en una orgía de tres horas. Emulando a los nadaístas e inspirado por el tono rencoroso de Vallejo, Álvaro,  el líder del grupo,  propuso una quema de biblias en el campus de la universidad.

Así se hizo.  La mañana del 3 de abril llevaron en sus morrales  ropas holgadas,  zapatos viejos y pasamontañas. La ansiedad del evento produjo una fuerte diarrea en Gabriel, que hizo que la manifestación no pudiera durar más que unos pocos minutos, pero la misión estaba cumplida. Era el primer paso hacia la utopía, el primer eslabón de una cadena que se acrecentaría con cada manifestación, con cada tweet, con cada panfleto.

-Estamos haciendo historia- Dijo Gabriel mientras cagaba.

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Crónica de una utopía: II entrega

26 de enero de 2013

Los seguidores de los buenos ateos ascendían a 100.000 corazones inconformes que tomaban parte en la causa atea y se manifestaban no tan pacíficamente como las autoridades y como sus mismos fundadores hubieran querido.
El 2 de septiembre de 2012, por iniciativa de Hija de Lot, miles de personas descargaron, imprimieron y enviaron una sarcástica misiva a la casa del arzobispo de Bogotá, presidente de la conferencia episcopal. Sabe Dios cómo consiguieron la dirección de su casa de descanso a las afueras de la ciudad, pero hasta allí llegaron más de 12.000 copias de la misma carta en un lapso de tres semanas. Era hermoso para Gabriel sentarse a pocos metros de allí a observar cómo cada cierto tiempo llegaba un ateo prevenido a dejar su carta y salir corriendo como si se tratara de un delito. O ver al mensajero que desocupaba un morral inmenso con cartas para el arzobispo y que miraba al cielo como maldiciendo la hora en la que a los creyentes les dio por escribir cartas. Pero no eran creyentes, éramos ateos.

Otras tantas miles de cartas llegaron por correo electrónico, aunque la instrucción era imprimirla y enviarla por correo certificado. Luego el alcalde de Bogotá diría de esta manifestación haber sido la más sublime forma de protesta contra los abusos milenarios de la iglesia y que lo único reprochable de este acto era la cantidad de papel que se había gastado.
-Esperemos que el arzobispo recicle – gritó jubiloso Gabriel.

Y fuimos felices. Cada ateo que imprimió, firmó y envió la carta, sintió que realmente su voz valía, que podía ser escuchado, no apelando a la fuerza que impuso la iglesia en su historia genocida, sino con la palabra; irónicamente como lo profesaba Jesús, si es que acaso existió.

Para la noche de año nuevo de ese año, Bogotá y Colombia ya tenían un largo listado de actos vandálicos contra la iglesia católica y otras muchas sectas protestantes. La primera acción mediática sucedió cuando la estatua de la Virgen del Carmen, patrona de los conductores, que adorna con su rostro angustiado la entrada de una empresa de transportes en Medellín, amaneció un buen día vestida con ropa interior sobrepuesta y la cabeza chorreada de semen humano.
Por esos mismos días una misa de la Parroquia de San Pablo, en Manizales, no pudo efectuarse el sacramento de la comunión porque minutos antes del inicio de la liturgia, ladrones condenados a las hogueras del infierno desaparecieron todas las hostias del altar y de la sacristía.

Pero tal vez el más célebre atentado contra la moral cristiana, del que todavía hoy se habla, se originó cuando se difundió por la red un video erótico que un estúpido obispo definió como un montaje, en el que se veía a una sexy Virgen María procreando al mesías con un ángel de abdomen definido y alas de plástico. José entró en escena descubriendo a la adúltera, pero en vez de lapidarla, como ordena la biblia, participó en una santa orgía que, como toda historia de amor posmoderno, terminó con salpicaduras de semen en la cara de la actriz.

Mientras el escándalo era comentado en las redes sociales, las agresiones ateas continuaban: Miembros de la comunidad gay que habían abucheado al cardenal Mogollón en el aeropuerto de Cali, se disfrazaron de párrocos de la iglesia católica y en frente de una comunidad de creyentes que se preparaba para una misa al aire libre, se besaron y acariciaron hasta la erección. Era bello ver las sotanas infladas en las fotos que rápidamente se filtraron por los medios de comunicación. Tanto fue el fervor de sus sanas manifestaciones amorosas que no alcanzaron a escapar de la turba enfurecida que casi los mata a patadas. Las ovejitas pacíficas estuvieron a punto de lincharlos de no haber sido por la milagrosa intercesión del espíritu santo que disparó una ráfaga de balas de goma contra el rebaño. Por los mismos días en un colegio católico de Pereira, encerrado por paredes con murales de santos de la iglesia, algún buen artista ateo dibujó unos niños desnudos aterrados por la inminente perversión de San Judas Tadeo, que se agarraba los testículos. Las fotos circularon por todos los diarios de Colombia.

La sociedad se estaba rebelando contra los vejámenes de Dios. Los ataques inmisericordes llegaron a su apogeo en la celebración de los 30 años de ordenado de un influyente monseñor bogotano. En aquella ceremonia sirvieron un banquete que incluía tres clases de carnes servidas con una deliciosa salsa de champiñones descompuestos. 46 sacerdotes fueron intoxicados. No hubo oración ni indulgencia que valiera contra la mierda que se desparramaba por sus venerables anos.


Crónica de una utopía. I entrega

24 de enero de 2013

I
Excelentísimo monseñor, RUBÉN DARÍO SALAZAR
Presidente de la conferencia episcopal.
Bogotá, Colombia
De la manera más respetuosa que su persona se merece, escribo esta misiva con la intención de que en su magnífica humildad, tome a bien explicarle a esta oveja descarriada, que pasa por una crisis de fe terrible, cuáles son los argumentos históricos por los cuales se dice que murieron más de 80.000.000 de indígenas americanos en lo que no sé si denominar el más alto oficio evangelizador de la Santa Iglesia o el genocidio más vil del que se tenga noticia en nuestra historia. Sé que nuestro Dios es la verdad y la vida y que en su nombre se han librado batallas contra herejes y apóstatas, se han quemado libros, ideologías y personas con justicia sonora. Pero no entiendo por qué San Pedro y sus sucesores, depositarios de la iglesia en el mundo, no optaron por ablandar el corazón de los aborígenes con amor, como nos enseñó Jesús, sino aplacar su desobediencia con toda violencia, quemando sus templos, violando sus mujeres, torturándolos hasta convertirlos al cristianismo: Una fe que no alcanzaban a comprender con latigazos y masacres. ¿No decía Jesús “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”? Acaso no eran mansos nuestros ancestros y no fueron despojados, hasta el sol de hoy, de la tierra que amaban y protegían?
¿Acaso es la historia impía la que inventa estos crímenes de la Iglesia para desprestigiar su santo ministerio?
¿Con mi fe en Cristo patrocino aquel pasado genocida?
El bautismo redime al hombre del pecado original, pero ¿Qué pasa con estos pecados mil veces más horrendos y dementes?

Sé que usted además de ser un hombre de fe, cumple con una serie de disposiciones administrativas que limitan su tiempo y su paciencia, sin embargo espero una respuesta, fuera breve, pública o privada de estos interrogantes que me aterran y que me hacen un mal cristiano.

Y prefiero mil veces ser un buen ateo a un mal cristiano.

Si quieres leer la novela completa, puedes hacerlo descargando el libro De amores y blasfemias, que además incluye otra novela corta y cinco relatos ateos más. Disponible en http://www.amazon.com/amores-blasfemias-Spanish-Edition-ebook/dp/B00AQQKKMQ


ENTREVISTAS INÉDITAS SOBRE UN SUICIDIO ASISTIDO

21 de enero de 2013

Estas son las primeras páginas de nuestra nueva novela corta sobre el célebre caso de la muerte de dos sacerdotes. Lo que en principio parecía ser un crimen execrable, resultó ser un pacto de amor homosexual.

PRÓLOGO
Cuando por disposiciones de mi antiguo jefe tuve que cubrir la noticia de la muerte de dos hombres en una calle bogotana, pensé que ese evento me daría por mucho para un par de cuartillas. Trabajaba entonces como reportero de un periódico conocido en las calles populares de Bogotá por su alto contenido sexual y violento; yo era uno de los encargados de la sección de crónicas rojas. Acostumbrado a los levantamientos de cadáveres chorreantes de sangre y al espectáculo que hay que promocionar en el medio, llegué al lugar de los hechos la noche del 21 de enero de 2011 sobre las 11:30 pm y me encontré con una escena que pese a lo espeluznante, no causo en mí mayor sorpresa. En un carro Chevrolet Aveo de color azul se encontraban dos cadáveres frescos: El conductor, de unos 35 años tenía un hueco en la sien que había causado su muerte certera. El copiloto había sido impactado en el rostro. El balazo fulminante atravesó su cabeza desde el pómulo derecho hasta el parietal izquierdo y fue a estrellarse, ya sin fuerza dañina, en la puerta trasera izquierda. Su rostro desfigurado no me permitió describirlo con elocuencia, no sin apelar a la sangre morbosa que aquí trataré de omitir.
Según las primeras pesquisas del CTI se trató de un robo ya que los cuerpos no tenían celulares ni dinero: Las inspecciones preliminares indicaban que seguramente los fallecidos habían sido víctimas de un paseo millonario, modalidad de robo en el que los delincuentes obligan a sus víctimas a retirar el dinero de sus cuentas bancarias por medio de la red de cajeros de la ciudad. Lo cierto es que sin mayores evidencias, las hipótesis eran muchas. Una de ellas me causó especial curiosidad, por obvia y turbia. Uno de los forenses, el más joven, me dibujó en la escena del crimen las trayectorias de los proyectiles homicidas y la disposición de los cuerpos. Evidentemente, suponía él, no pudo haberse tratado de un robo que terminó en tragedia sino de un concienzudo asesinato. Cuando me detuve a ver más allá de la sangre espectacular cuyas fotos saldrían en primera página, las pistas saltaron a la vista: Una camándula en las rodillas del conductor, el carro bien parqueado y con luces apagadas, las puertas abiertas y sin forzar…
Escuché un par de versiones más de los parsimoniosos investigadores y con el material compuse un escueto reportaje de 1000 palabras que pocos leyeron.
Esa noche cubrí la muerte de estas dos personas con la certeza de que su caso ni siquiera aparecería en otros medios de mayor circulación. Así pasa siempre. Cientos de muertos anónimos contaminan cada noche con su hedor la ciudad de Bogotá, pero no son noticia tal vez porque su muerte no es lo suficientemente excéntrica o porque en vida sus acciones no fueron demasiado circenses para los grandes medios de comunicación. Sin embargo este no era el caso de los dos muertos recientes. A ellos les esperaba un célebre paso al infierno.
Este es el resultado de una investigación coja que empezó siendo rutinaria y que de a poco fue robándome tiempo y voluntad hasta convertirse en el trabajo que cambiaría mi vida. En las páginas que siguen se citan los testimonios de un buen número de personas que me permitieron esbozar los antecedentes de la tragedia de los célebres sacerdotes cuyo amor fue más fuerte que las leyes de Dios.
***

Si deseas seguir leyendo esta historia, te invitamos a descargar nuestro libro De amores y blasfemias que incluye “Crónica de una utopía”, “Entrevistas inéditas sobre un suicidio asistido” “Historia de amor”, y cinco narraciones más.
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Gracias por tu lectura.


Historia de amor

8 de enero de 2013

HISTORIA DE AMOR

Aunque reconozco que ya hacía muchas lunas que no me entregaba a alguien, debo admitir también que las aventuras en mi vida han sido recurrentes. He conocido un buen número de hombres, todos ajenos. No merezco tener uno solo para mí porque puedo indigestarme. Prefiero consumirlos por un rato, escojo disfrutar de esa primera erección magnífica y detenerme, que convivir con un pene endeble. Me he enamorado de muchos, pero mi cariño eyacula y pierde firmeza muy pronto. Mi primer amor fue Miguel, y hoy, después de muchos años, vuelvo a él.
Lo conocí en el colegio, cuando apenas yo tenía quince años. Él era el nuevo profesor de literatura. Su carisma y su belleza impactaron de inmediato en todo el estudiantado y a los pocos días se convirtió en nuestro profesor favorito. No había una alumna en el liceo que no se sintiera atraída por él, y él a todas parecía corresponder con su desbordada gentileza. Esta condición de adonis extrañamente no causó en los varones ninguna clase de envidia, muy al contrario todos lo querían emular. Sus clases eran distintas. Nada de teoría de mierda, como la llamaba. Poesía. Brujería. Hechicemos al mundo con poesía para anestesiar su ignorancia. Iconoclasta. Encantador. Su actitud rebelde era una antítesis desbordada de la filosofía salesiana que me habían inculcado durante años y de los preceptos religiosos que él mismo había sufrido en el Seminario. Por eso me enamoré.
Se abre la puerta. Ahí está él. El pelo por la cara y la camisa por fuera. Su barba, siempre incipiente, se aclaró con los años. Su cuerpo ha ganado peso, pero su belleza es abrumadora. Me besa. Comienzo a disipar los temores que me inquietaban en las escaleras, pero tiemblo como si jamás me hubieran besado. Me toma la mano y la posa en su barba. Desordenada y fascinante. El beso se prolonga. Su lengua juguetea. Mi respiración se agita al punto en que debo detenerme. Descanso de sus labios. Respiro. Vuelvo en mí.
Un buen vino me devuelve la tranquilidad. Han pasado ya diez minutos de charla anodina y solo deseo ser penetrado. Entonces me desnuda con parsimonia hasta encontrarse con ese miembro infantil del pasado. Y lo devora amorosamente.